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Incredible India!

agosto 12, 2010

12 de Agosto de 2010

Hace un año llegaba a la India, yo con mi maleta rosa, sin tener la más remota idea acerca de lo que me esperaba.

Hoy también se cumple un mes de la fecha de mi regreso a España, así que ha llegado el momento de hacer balance y cerrar capítulo.

Dicen que la India te cambia. Yo no fui allí con esa intención, no lo encaré de forma espiritual, como tantos occidentales que llegan al país buscando la iluminación, ni tampoco me fui en plan hippie a tirarme en las playas de Goa y mantenerme haciendo pulseritas. Tampoco es que fuese con la intención de estudiar mucho marketing, pero si que me fui a aprender… aunque sin saber muy bien el qué.

Y aprendí. Muchísimo. Desde cómo comer con las manos a cómo comportarse en un templo. Aprendí a conducir una moto en el caos absoluto, a cantar el himno nacional al inicio de cada evento o película, a tener paciencia, a improvisar, a olvidarme de la agenda, a depender de la gente y a pedir ayuda, y a aceptarla incluso cuando creía no necesitarla. Aprendí lo complicada que es una sociedad dividida en castas y con unas tradiciones tan arraigadas, y lo complicado que es un sistema político basado en la corrupción y en los lazos de sangre. Me dí cuenta de lo importantes que son cosas tan básicas como el agua o la luz, y lo absurdo de la importancia que la sociedad da al tono de piel. Aprendí el poder que tiene el cine en una sociedad tan desigual, y lo hipocresía del amor bollywodiense en un país dónde los padres compran a sus hijos mujeres con la ayuda de los anuncios en el suplemento del periódico. Aprendí lo afortunada que soy por ser una mujer nacida en un país dónde mi único deber en la vida no sea encontrar un buen marido antes de los 25 y darle muchos hijos, a poder ser varones, y lo afortunada que soy por poder decidir cada mañana lo que me pongo, sin que una minifalda y unos tacones me conviertan automáticamente en una prostituta. Aprendí que no hace falta ser un niño para poder jugar, ni ser adulto para trabajar.

Aprendí a apreciar la India tal y cómo es, con sus contrastes y sus mezclas agridulces. Con sus millones de dioses, de sabores, de colores y de olores. Con el polvo y las lentejuelas, con los palacios de maharajaes y puestos callejeros de pani puri, con viajes en trenes locales y en motos de 250.

Y la última noche, en Mumbai, Utsav me preguntó qué había sido lo mejor de la India. Y la respuesta es muy sencilla. Podría haber dicho el Taj Mahal, el olor a jazmín de Mysore, los anacardos de Goa, los cánticos del Templo Dorado, los abdominales de Sahid Kapoor, el tigre blanco o los lagos de Bhopal. O quizás el Cad-B, o el helado de Gulkan, la puesta de sol en Pondichery, las sedas que me han hecho perder la cabeza, el masala chai, las cascadas de Lonavla durante el monzón, la brisa nocturna en Marine Drive, los cosmopolitans de Malaka Spice, las fresas de Mahabaleshbar, los bailes indios o conducir sin casco con la melena al viento. Pero no, lo mejor de la India es la gente, todos esos amigos que me han cogido de la mano para cruzar la calle, que me han llevado a descubrir la comida que sabrían que me gustaría, los que me han protegido del sol, me han hecho divertirme “como los indios”, han cuidado de mí cuando he caído enferma o de la moto, han cruzado medio país para despedirse o para comer conmigo, los que me han explicado con infinita paciencia cada tradición, mito o costumbre que mi mente europea no lograba digerir, los que han estado en todo momento, cuando los necesitaba y cuando creía que no, cuando estaba mal y cuando estaba bien. Ellos han sido lo que me han hecho quedarme en la India todo el año en vez de sacar el billete de vuelta al primer desencanto. Y en especial el que hacía la pregunta. Pero no sólo los amigos son parte de esa gente, si no todas esas personas que sin conocerme de nada, desde camareros a vendedores, recepcionistas o niños que cruzaban la calle, y muchos de ellos siendo tan pobres como para no tener zapatos, me han dado lo mejor que tenían; su sonrisa.

Vuelta a Pune

junio 1, 2010

1 de Junio de 2010

Esta mañana hemos cogido el vuelo Bangalore-Pune, y ya estoy de vuelta en casita. Yo tenía pensado acostarme nada más llegar, pero tal y como está el piso tras una semana sin limpiar… Ya dormiré esta noche.

Y ahora estoy viendo diluviar como si no hubiese mañana. Parece que ha llegado el monzón, que falta hace, porque estos días han sido demasiado.

Pero me alegro de haberme ido con Jan de viaje, no me parecía un buen momento, pero fue la idea acertada. En Mysore y Pondichery hemos pasado unos ratos estupendos, y Bangalore no nos ha parecido muy agradable, pero ha merecido la pena por ver la boda, y a Uts.

Parece que fue ayer cuando Jan llegó a aquel siniestro piso de la Universidad y nos aventuramos por la ciudad en busca de la Lonely Planet. Durante los primeros días en el campus matábamos el tiempo con té y chocolate, leyendo y planeando todos esos viajes por toda la India, y cuando nos entraba hambre elegíamos uno de los restaurantes recomendados y nos íbamos a experimentar con la comida india.

Así que ha sido genial realizar uno de esos viajes al final de su estancia, y puede que de la mía.

Y ahora tengo que preparar recibimiento para Shirish, que es su cumpleaños y viene con Shilpa (su prometida) y el resto de amigos a brindar con champagne aquí, porque ellos ya no tienen casa en Pune.

La boda de Onu

mayo 28, 2010

28 de Mayo de 2010

He tardado dos horas (en bus) en llegar a la oficina de Utsav, hemos ido a recoger mi sari a su casa (me dejé allí algo de equipaje), Frooti de mango para matar el calor y despedida (una vez más, ya lo sé, cada vez que nos separamos es un drama, y esta vez no sé si lo volveré a ver, o al menos no dentro de poco, en caso que tenga que estar en España en 2 semanas).

Otra hora de vuelta, esta vez en Rickshaw, que aquí te intentan cobrar aún más que en Pune. Jan vuelve de visitar a unos amigos, comemos rápido y volvemos al hotel.

Y aquí es dónde empieza el reto. El sari y yo. Yo y el sari. Seis metros de tela, una blusa, un petticoat y muchos imperdibles. Pliegue va, pliegue viene, imperdibles, una vuelta por aquí, otro pliegue por allá, más imperdibles,… después de todo es un montón de tela enrollada al cuerpo, y yo no me voy a arriesgar a quedarme en enaguas! Y además, todas las indias se cargan de imperdibles, si no es imposible moverse con esa soltura.

Parece que lo supero. Maquillaje, bangles, bindi, joyas, jazmín en el pelo y lista. Coge la mochilla de Quicksilver (como a un santo dos pistolas) y súbete al rickshaw. Porque aunque parezca un modelo digno de limousine, o de carroza tirada por caballos, aquí lo auténtico es el 3-ruedas negro y amarillo.

Hoy se casa Onu, nuestra amiga finlandesa, con su novio indio musulmán. Todo un encuentro cultural, y un alivio ver cómo esta sociedad se empieza a modernizar y acepta un matrimonio de tal índole.

Al llegar a la mezquita Jan y yo nos separamos, porque aquí hombres y mujeres no pueden juntarse. Yo me quedo con la madre de Onu (ambas con la cabeza cubierta) y a los minutos aparece ella rodeada por las mujeres de su nueva familia política y cubierta de velos que le impiden ver lo que se cuece. Y digo “cuece” porque a estas temperaturas y bajo todas esas capas de poliéster es lo que los cuerpos experimentan.

Todas subimos por la parte de atrás a lo que sería el equivalente al lugar del coro en una iglesia, mientras que los hombres se encuentran en la parte de abajo con el equivalente al cura.

Comienzan los rituales; primero le airean el Corán en la cara, luego encienden un par de cirios y a continuación cada una de las mujeres casadas frota dos piedras sobre la cabeza de mi amiga, unos cinco minutos cada una. Y de vez en cuanto cantan algo.

Onu se supone que mientras tanto tiene que ir leyendo páginas del Corán. Después sube el cura y le hace una especie de entrevista, en la que ella tiene que aceptar el Islam como su nueva religión y aceptar casarse con el chico a cambio de una cantidad (algo así como catorce mil rupias) que recibirá en cualquier momento de su vida. Dicho esto hija y madre firman un contrato y el cura se va.

Las tías tiran una bandeja de frutos secos y piedras sobre la cabeza de la novia y el resto las reparten entre las asistentes (unas 10 mujeres). A continuación el novio sube cubierto de flores de jazmín y otros elementos decorativos, pone su mano sobre la cabeza de la novia y dice algún rezo.

Tras unas cuantas fotos, ambos bajan a otra pequeña habitación seguidos por las mujeres. A Onu también la cubren de flores y otra vez le ponen los velos, y los dos, de rodillas en el suelo se agarran y se inclinan unas cuantas veces a tocar el suelo con la frente mientras el resto dice algún ¿salmo? … que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, Señor.

Ya son marido y mujer, los asistentes les damos la enhorabuena (Onu sigue sin ver nada y con cientos de flores colgando de su cabeza). Todos vamos a casa del novio a hacer más fotos y después se les deja solos una hora, para que consumen el matrimonio.

Mientras, los invitados acuden al salón de bodas, dónde tendrá lugar otra celebración, esta vez con Onu vestida con su ghagra choli, maquillaje, joyas y demás, y a continuación la cena típica; arroz con carne.

Jan y yo cenamos rápido y nos perdemos la celebración, porque tenemos que coger un bus a Pondichery. Una vez en la estación Mr. Indeciso vuelve a llamar, que todavía no sabe si venirse a Pondy o no, a media hora de que salga el bus, él es así. En verdad lo hace para quitarle hierro a la despedida de esta mañana.

Así que aquí estamos, Jan y yo, continuando nuestra luna de miel.

Bangalore

mayo 27, 2010

27 de Mayo de 2010

Dicen que Bangalore es la ciudad ideal para ir de shopping, yo debo estar enferma, porque no he comprado absolutamente nada.

La ciudad es moderna, y enorme, tiene algunos edificios espectaculares, y un parque estupendo, pero lo que es la calle de las compras (MG Road, como en toda ciudad india) ha sido la gran decepción. Y por muy moderna que sea la ciudad, a partir de las 3 no te dan de comer en ningún sitio, así que hemos acabado en Barista (la competencia de CCD) tomando un sándwich.

El paseo por Cubon Park muy agradable, aunque algo surrealista al encontrarnos en medio de cientos de mujeres musulmanas con su burka negro, pasando la tarde con sus familias.

La cena ha sido en KFC, que nos pillaba muy a mano, y con el agotamiento que tenemos no era plan de experimentar con restaurantes indios desconocidos.

Mysore

mayo 26, 2010

26 de Mayo de 2010

En Karnataka, estado en el que me encuentro, las indias se arreglan más que en ningún sitio. Todas llevan sus saris de crispy silk, las bangles a juego y el pelo recogido en trenzas cubiertas de flores de jazmín.

El día en Mysore ha sido estupendo. Por la mañana Utsav me ha puesto en un tuc tuc camino de la estación de Bangalore, dónde he cogido el bus a Mysore. Bus estatal, de esos que parecen que se van a desintegrar a mitad de camino. Jan me ha recogido en Mysore y hemos desayunado el plato south indian por excelencia; masala dosa.

Tras una ducha rápida en el hotel hemos dado un paseo hasta el punto clave de Mysore; el palacio del Maharaja. Un palacio estilo inglés de 1912. Aquí todo el mundo da por hecho que estamos de luna de miel (por qué otro motivo viajaría una chica de mi edad sola con un chico?), así que se dan situaciones cómicas, pero sí, podríamos estar de luna de miel, de no ser porque los dos tenemos a nuestras parejas esperando en Maharastra.

La segunda atracción de Mysore es el mercado Devaraja, el lugar más colorido, alegre, curioso y con mejor olor que he visitado en toda la India. Pese a tener sus correspondientes pasillos de cebollas, fruta, bangles y especias, hay algo que lo hace especial; las flores. Todas las mujeres de la pequeña ciudad se deslizan con sus saris por las callejuelas del mercado comprando flores al peso, guirnaldas para sus celebraciones o tiras de jazmín que perfumen sus negras melenas.

Por supuesto yo me apunto a la tradición, es imposible resistirse.

Con el calor que hace (todos los años en la India hay 9 días declarados los más calurosos del año, en los que incluso las madres prohíben a sus hijos salir a la calle, y este año son los últimos días de Mayo), decidimos comprar unos mangos y algo más de fruta y subir a comer a Chamundi Hill, un templo de peregrinaje en lo alto de una colina a 13 Km de Mysore. Todo iba bien, encontramos unos árboles en el patio de un colegio bajo los que disfrutar los mango con vistas a la ciudad. Compartimos unos plátanos con niños que viven en la colina, y de repente, nuestra comida se vio interrumpida por lo más sagrado que hay en la colina. No, no fue el dios Chamundeswari, fue una vaca.

La vaca en cuestión se nos acercó por la espalda y en menos de un minuto se hizo con un par de manzanas y el último trozo de mango que no dudó en arrancar de mis manos. Pero como es una vaca sagrada, cualquiera se lo impide! Pasado el susto nos dio por reír, pero nos quedamos con algo de hambre…

Tras el incidente nos dirigimos al templo, dónde una cola de fanáticos se da empujones bajo el sol. Decidimos saltarnos la visita, total, ya hemos cumplido con los dioses por hoy.

Pero la historia no acaba aquí, Jan llevaba una bolsa con los plátanos sobrantes, y aquí es dónde entran en acción los monos. Porque si hay algo que no falta en templos, fuertes y cuevas, son los monos. Y uno de ellos se lanza hacia la bolsa, la desgarra y tira de los plátanos. Con lo que el resto de la manada, al verlo, empieza a correr hacia nosotros dando gritos. No nos quedó más remedio que soltar la bolsa y correr colina abajo.

De vuelta en la ciudad decidimos ir a la catedral de Santa Filomena, una de las más grandes de India (of course). Por supuesto no faltan las luces de neón en el altar formando cruces, palomas y demás símbolos cristianos.

Tras esto sólo podemos sentarnos en CCD bajo el aire acondicionado, reponer energías con un café y volver al hotel a decidir dónde cenamos asesorados por nuestra inseparable amiga desde el primer día; la Lonely Planet.

“No quiero necesitarte, porque no puedo tenerte”

mayo 25, 2010

25 de Mayo de 2010

Francesca Johnson se dio cuenta rápido.

A mi me costó algo más, pero una vez superada la necesidad, las noches vuelven a ser mágicas. En Bangalore o en el fin del mundo.

Da igual lo caro que sea el restaurante, no importa que pidamos cosmopolitans, mojitos o cualquier otro cocktail nuevo, ni siquiera el pollo o la langosta tienen un papel importante en la cena.

Lo único que cuenta, una vez más, son nuestras sonrisas.

Delhi

abril 15, 2010

15 de Abril de 2010

Empezamos el caluroso último día del viaje en Jama Masjid, la mezquita más grande de Asia. Llegamos a la puerta 2 y mientras un hombre nos hace descalzarnos, otro nos da una especie de bata sucia a cada uno y nos pide 200 rupias por entrada. Le decimos que no hay que pagar entrada, así que no nos va  a engañar, y señala el tablón muy convencido, en el que pone que hay que pagar 200 rupias por cámara, así que le digo que es solo por la cámara y que no pagamos 600, que solo 200. El hombre se cabrea, nos arranca la bata de las manos y nos echa de allí a gritos y con muy malas maneras.

Caminamos a la puerta 3, que según la Lonely es la “tourist friendly” (lo que quiere decir que te venden calcetines por 50 rupias y sombreros de paja, y te cobran por dejar los zapatos). Y nos vuelven a contar la misma milonga; que 200 por cabeza. Pero estos por lo menos aceptan las 200 y nos dan la bata llena de polvo y sudor.

Entramos a la mezquita, que no es tan bonita como esperábamos, ni tan grande como se ve en las películas, lo que pasa que como los musulmanes se amontonan para rezar ocupando el espacio indispensable, pues la capacidad es bastante.

Salimos de allí rapidito, porque la gente no es nada amable, y hace mucho calor para estar discutiendo. Y ni siquiera puedes caminar fuera de la alfombra porque te abrasas los pies hasta con calcetines.

Y a la salida otra vez otro hombre pidiendo que paguemos por haber dejado los zapatos. Primero déjame que salga y vea si mis zapatos siguen ahí, y segundo, si quiero, te daré una propina. Pero no, él según te ve acercarte a la entrada te asalta con exigencias y a gritos, y pone la mano y gruñe.

No me ha gustado nada este sitio.

De ahí vamos a la pira funeraria de Gandhi, (parando a hacer un par de fotos del Red Fort) otra vez en mitad de un parque sin una sombra. Y el driver de hoy también nos pide 30 rupias para el parkin, otro que se va a quedar sin propina. A los paisajistas de aquí no se les ocurre plantar un árbol así los maten. Ellos venga césped y arbustos!

Y nuestro recorrido cultural acaba en la tumba de Humayum. Otro mini Taj Mahal. A mi me dan entrada de Indian Citizen, así que en vez de 250, pago 10 rupias, pero más que el ahorro me hace ilusión haber pasado por india!

De ahí papá dice que a comer al Hard Rock, que se está muy bien en el centro comercial con aire acondicionado. Y la verdad que sí, que a estas temperaturas no nos queda nada más que ver.

Udaipur – Delhi

abril 14, 2010

14 de Abril de 2010

Madrugón para coger un vuelo a Delhi. Aquí solo hay una terminal, así que no hay lugar para la confusión. Nos despedimos del Gran Guerrero, y de los grandes éxitos de música rajastaní.

A la llegada a Delhi, como lo de los tuc-tuc no es lo que más les ha gustado de la India, alquilamos un coche para los dos días que nos quedan. Volvemos al hotel Amber, donde el personal nos espera tan amables como siempre, nos damos una ducha rápida y vuelta al coche.

El primer destino es el Lotus Temple (al cual ya fuimos el segundo día en Delhi, pero estaba cerrado). El edificio es una maravilla arquitectónica, y queda estupendo ahí plantado entre tanto césped, eso sí, ni una sombra. Los últimos metros que andas sin zapatos es como los penitentes que caminan sobre las ascuas…

Tras este golpe de calor pedimos a nuestro nuevo conductor (aparentemente normal hasta que habla por teléfono… para mí que por las noches trabaja en una línea erótica) que nos lleve a comer al Hard Rock. Y el hombre se hace el loco, que no sabe dónde está eso, pero que si queremos nos lleva a un restaurante estupendo. Le decimos que no, que le damos la dirección y llamamos al Hard Rock a que le expliquen exactamente cómo llegar. Viendo que tenemos bien claro dónde vamos a comer, se desenmascara y hace el último intento (con su voz de línea erótica):

–       Si tienen diez minutos paramos en otro restaurante porque así a mi me dan un cupón y ustedes sólo tienen que entrar y salir.

–       Pues va a ser que no. Que estamos muertos de hambre y de cansancio y que si salimos del coche va a ser única y exclusivamente porque veamos la señal de Hard Rock en neón brillando en la fachada del centro comercial al que nos va a llevar usted rapidito. (Yo también pongo mi voz de telefonista de Telefónica, de esas super amables)

El lugar en cuestión es un complejo de tres centros comerciales con todas las firmas internacionales y alguna nativa. Y por fin llegamos a nuestro destino:

Sofás de piel, aire acondicionado, Guns “n” Roses sonando de fondo mientras en las pantallas Axl Rose se refrota contra el pie de micro, y el olor inconfundible de los nachos y la carne de ternera! Todo acompañado por mojitos, invita la casa.

Tras este rato en la burbuja, a papá lo dejamos en el hotel y mamá y yo nos vamos a Main Bazar, porque yo creo que esa calle hay que recorrerla una vez en la vida. El driver otra vez intenta liarnos y llevarnos a otros bazares, pero yo me pongo farruquita y le doy instrucciones muy concretas. Por fin llegamos, tras la vuelta que nos mete por intentar llevarnos a otra cooperativa, y dice que 20 rupias para el parking. Menudo caradura, si aquí no hay parking, y en caso de haberlo serían 10 rupias, pero bueno… por no discutir…

La calle, que cuando fuimos María y yo en noviembre ya era digna de una película de Hitchcock, se ha superado a si misma, porque ahora está en plena demolición, así que si hace unos meses casi morimos de asfixia, lo de ahora es para vivirlo, a poder ser con mascarillas. Los olores y toxinas que desprenden los montones de basura a ambos lados del callejón se mezclan con los escombros cayendo como una tormenta de arena desde cada edificio. Pero a nadie parece importarle; el tráfico de rickshaws, bicis, motos, vacas, perros y carretillas es el mismo de siempre. Los locales cuelgan los saris y vestidos en la calle como si aquello fuese el paseo marítimo de Cullera. Y la gente pasea por allí como si se tratase de la quinta avenida (he de decir que esta calle ni siquiera está asfaltada, lo de la acera es impensable).

Pero aún así, en ningún sitio hay tanta variedad ni mejores precios que aquí, así que las dos nos cubrimos la cabeza entera con la dupatta, dejando al descubierto los ojos, compramos una botella de Bisleri para no morir deshidratadas y ahogadas por el polvo, y nos adentramos en aquella calle, cual concursantes del Grand Prix (solo faltaba Ramón García haciendo los comentarios: “el equipo amarillo entra en el primer local, elige tres vestidos, les sacuden el polvo, regatean, el vendedor del equipo azul no quiere bajar el precio, las concursantes del equipo amarillo regatean más, vestidos conseguidos, y corriendo al local de los pañuelos de seda. Salen del local con 20, la vaquilla las persigue pero consiguen resguardarse en el local de los kurtis…, finalmente corren con las bolsas a la salida, compran una maleta y corren hacia el coche).

Y vuelta al hotel, porque aquí el amigo dice que aunque el coche lo hemos pagado  hasta las 8, él necesita 45 minutos para llegar a su oficina (o call center), así que a las 7 se nos acaba el viaje. Y encima al dejarnos nos pide propina. Los hay con poca vergüenza!

Ya solo nos queda enjuagar todo lo que hemos comprado, porque tendría gracia llevarse a casa 3 kilos extra de polvo!

P.S. Muchas felicidades Rachel!

Udaipur

abril 13, 2010

13 de Abril de 2010

Comenzamos la jornada con un paseo en barca por el lago Pichola, que gracias a Ganesh (o quien sea el dios de la lluvia) tiene agua, porque como hubiese estado seco yo ya me imaginaba a mi madre demandando a los de “Incredible India!”.

La barca nos para en la Isla de Jagmandir, en plan supervivientes (bueno, pero en plan deluxe), a ver si superamos el paseo a temperaturas extremas… Pero merece la pena, el lugar es como unas jardines flotantes en el lago, custodiados por un ejército de elefantes de mármol, y las vistas desde la isla no hace falta que os las cuente.

Volvemos a tierra firme, dónde nos espera nuestro guía (el más embustero de todos los que hemos tenido. Este no adorna las historias; directamente se las inventa sobre la marcha. A medida que sube la temperatura, más libertad le da a su imaginación).

Visitamos el palacio de la ciudad, que aunque es enorme no está tan bien conservado como los otros que hemos visitado. Pero también muy bonito. Aunque yo casi prefiero la vista desde mi habitación con aire acondicionado.

El guía nos dice que si queremos ir al bazar solo tomemos fotos, que todo lo que venden allí es de segunda mano y a los turistas nos lo venden como nuevo, y lo remata contándonos cómo él y su hermano, cuando murió su madre, fueron al bazar a vender todo su vestuario a los tenderos.

Al rato, de camino al restaurante (supuestamente un local estupendo con jardines y aire acondicionado) nos cuenta lo buena cocinera que es su madre, y que de no ser porque se ha ido a Calcuta de peregrina esta semana, nos invitaría a su casa a comer.  Así, tal cual. Pues o la madre ha resucitado (en cuyo caso se ha debido ir desnuda al peregrinaje) o este hombre miente más que habla.

Va a ser la segunda opción, porque el restaurante es un cuartucho inmundo con ventiladores. En el que duramos medio minuto. Mamá propone ir al Oberoi y el guía insiste en llamar para reservar, y por lo visto esta todo ocupado (algo extraño porque siempre hemos ido sin reserva a estos hoteles y la ocupación nunca llega al 25%). Mr. Mentiroso propone otro lugar para almorzar y nos negamos, le decimos que al Leela. Y nos dice que tampoco, que la comida allí no es buena y es muy caro. Viendo que no desistimos vuelve a llamar al Oberoi, y esta vez de verdad, así que nos dice muy orgulloso que nos ha conseguido una mesa.

Llegamos al Oberoi, muy bonito y se empeña en acompañarnos dentro, como si no supiésemos entrar a un hotel y pedir mesa. Y allí, viendo que por la tarde nos quería llevar a alguna cooperativa de las suyas para que le den comisión, lo despedimos definitivamente.

El Oberoi Udaivilas es uno de los hoteles más famosos en la India, aparte de tener vistas al lago y ser un complejo de lujo, cada suite tiene piscina privada. Pero nosotros hemos venido a comer, así que vamos a centrarnos. Mis padres se centran en el menú continental, yo me centro en las gambas con curry al estilo de Goa… deliciosas.

Tras la siesta voy a recepción a pedir que nos reserven en el Lake Palace para cenar, pero me dice que no admiten a nadie que no esté allí alojado. Aun así llamamos. Y nos dicen lo mismo, que desde los atentados en el Taj de Mumbai no admiten a nadie que no esté allí alojado, por seguridad. Así que nos quedamos sin cenar en el palacio flotante. La próxima vez ya sé dónde tengo que reservar habitación!

Jodhpur – Udaipur

abril 12, 2010

12 de Abril de 2010

Como el Umaid Bhawan Palace ya lo vimos anoche, hoy salimos directamente hacia Udaipur. De camino paramos en otro templo jainista muy famoso, enorme y precioso. No recuerdo el nombre del lugar.

Llegamos al hotel Amet Haveli, en el mejor punto de la ciudad; a orillas del lago Pichola con vistas al Palacio de la ciudad y al Lake Palace, convertido en hotel por… los de siempre; Taj Hotels.

El atardecer lo vemos desde la piscina con un zumo de mango en mano!

Volvemos a la habitación y en el baño hay un olor a cañerías insufrible. Charla muy amena con el manager, que nos da la mejor suite con 3 balcones con vistas al lago; Palacio, Taj hotel y restaurante Ambrai, el más famoso de Udaipur por las inmejorables vistas.

Damos un paseo por los alrededores y volvemos a cenar. Y a la camita con vistas de cuento de hadas…