Kilos y Cajas: GPO India




Pasan los días y yo sigo embalando, desmontando el piso y vendiendo de segunda mano muebles, electrodomésticos y… todos sabemos en que llegará el día en que cambie a la Pinky por un puñado de rupias.

Lo de las cajas es todo un arte: primero la lleno en casa, luego Archana y yo la llevamos a la GPO (oficina general de correos) y entramos por la puerta trasera empezando todo un ritual de sobornos que repetiremos hasta la última caja, allí la abren y la registra (mientras pregunta dónde he comprado servilleteros, saris y colchas) el oficial de turno, a quien hay que dar una “propina” para que de el visto bueno, después la pesa, y si pasa de 19 kg saca algo. A continuación le doy la caja a la costurera, Pooja, una mujer que, sentada en el suelo, precinta la caja, la envuelve con una tela “impermeable” y la cose. Mientras Archana vigila la costura de la caja yo voy a la ventanilla 1 de la oficina a por el “Cutoms form” para rellenarlo y que el paquete pase la aduana. Después el primer oficial me “deja” (previo pago de la propina) un rotulador “waterproof”  (o, como diría mi hermana, “wonder ground”) y escribo “SAL parcel” (es decir, paquete por Tierra, Mar y Aire), la dirección de destino y la de origen. Cuando ya está listo el primer oficial lo pesa otra vez, lo llena de pegatinas con códigos de barras, te hace pagar según el peso, te hace pagarle otra “propina” por enviarlo, pagas a la costurera y rezas a Ganesh y todos los santos para que la caja llegue a su destino en las 2-3 semanas que te han dado de plazo, o para que llegue, que viendo la infraestructura de correos y el conocimiento del oficial (quien está convencido de que España queda cerca de la Pampa Argentina) ya es todo un milagro.

Mientras, mi madre espera impaciente, armada con kilos de detergente y litros de suavizante, para empezar a poner lavadoras y acabar con el olor a masala-humedad-gasolina-polvo de todos esos kilos de seda.

Pooja, la costurera es una mujer trabajadora, que se pasa la vida en el suelo de la trasera de la oficina con su aguja y su tela impermeable. Su marido, un hombre que huele a whisky a metros y el día en que menos ebrio estaba no fue capaz de caminar dos metros en línea recta, se pasa el día en las afueras del edificio bebiendo y jugando a las cartas con su grupo de desgraciados. Cuando ve que hay mucho trabajo y su mujer lo llama, entra e intenta coser algún paquete pero lo hace tan mal que hasta los oficiales lo echan de allí porque un paquete mal cerrado no puede enviarse. El primer día (yo no sabía que estaban casados o que tuviesen ningún tipo de relación), cuando yo dije, tras pagarle 30 rupias para que comprase la tela y que desapareciese durante 45 minutos, que quería que lo hiciese la mujer, montó tal número que lo tuvo que sacar de allí la policía. Y Pooja también tiene una hija de 6 años, quien va al colegio hasta las 11 y el resto del día lo pasa metida en la oficina con su madre, porque en la India no es raro que los niños trabajen, ni que sus padres se los lleven al trabajo, y en este caso, dónde la madre ni siquiera es una empleada oficial, no hay ninguna regla que diga que esa niña no debería estar allí.

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