From the Ritz to the rubble


20 de Enero de 2010

Hoy he recordado con una sonrisa aquella tarde de invierno que pasé con mi madre hace unos años.

Las dos, sentadas en aquellos sillones barrocos, charlábamos animadas sobre los primorosos ángeles de Tiziano que acabábamos de admirar en El Prado, mientras tomábamos el té inglés en el Ritz. El pianista tocaba Moon River mientras nosotras saboreábamos cada pastelito de aquella fuente de tres pisos, cada sándwich de pepino, y cada scone relleno de crema…

Todo era mágico; el mantel de hilo, la bandeja de plata, la porcelana Royal Albert, los camareros impolutos…

Y de repente un “pero”; Disculpe, pero mi vaso no está del todo limpio!

Una huella de Chanel rouge à lèvres (dejada, probablemente, por una de esas señoras con abrigo de visón y collar de perlas) en aquel cristal rompía la perfección absoluta.

Hoy mi tarde de té ha sido muy distinta.

Tras las clases, cruzamos la autopista (que nada tiene que ver con el Paseo del Prado) y llegamos a la alineación de… cómo decirlo?, locales?, casetas?, paneles de uralita o contrachapado que intentan simular un establecimiento? Cada “espacio” está dedicado a una actividad; Xeros (fotocopias), chucherías, billetes de bus a Mumbai, helados, café, té y un sinfín de productos indios que aún no he probado. Aunque todo se andará.

Una vez hemos decidido a qué lugar ir (porque sólo dos de ellos son… aceptables? Digamos que nadie ha muerto allí, que sepamos.) nos disponemos a entrar ante la atónita mirada de unos cuantos consumidores que se preguntan día tras día “Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”

Lo lógico, tras caminar por el arcén y la basura que se acumula a los lados de la autopista, sería limpiarse los zapatos en un felpudo a la entrada. Algo absurdo porque realmente no “entras” al sitio dado que está abierto, por supuesto no hay suelo, sigues pisando tierra (lo de toma de agua, salida de humos… ni lo comento) y un porcentaje de la clientela ni lleva zapatos. Pero la India es así; los estudiantes de una prestigiosa escuela de negocios que se ponen de punta en blanco para asistir a cada clase toman el té en el mismo lugar que gente sin zapatos y sin dientes. Y aún así lo chocante no son los pies descalzos, es mi piel blanca.

Una vez cruzamos el umbral, toca elegir mesa. El criterio es sencillo, no pides mesa junto a la ventana, o al lado del piano de cola, o en un rincón más tranquilo, aquí escaneas las mesas en busca de la menos sucia. A mí, el primer día que fui, todas me parecían igual, pero ahora ya sé distinguir. Es importante ver en primer lugar la cantidad de líquidos derramados en cada una de ellas, a continuación rechazar las que tienen un mayor contenido en azúcar (puesto que atraen más moscas) y después evaluar la situación bajo la mesa (el número de hormigas es directamente proporcional a los gramos de Parle-G caídos por metro cuadrado) Las moscas son mi mayor preocupación, no se van ni haciéndoles frente con el abanico. Para que os hagáis una idea, en una mesa para 4 (que aquí se sientan 8 ) suele haber posadas (o pegadas, porque aquí la sacarina ni la conocen y a todo le echan tanto azúcar que se convierte en almíbar) unas 30 moscas. No exagero.

Y luego te sientas, si tienes suerte en uno solo para ti y si no, compartes, en un taburete de plástico. La comodidad hecha asiento.

Cuando te traen tu té, cosa que hace algún muchacho afable de Indira, y nunca un camarero, examinas el recipiente con… horror?, admiración?, incredulidad? Todos y cada uno de los vasos y tazas de este sitio tienen una costra de … que se intensifica especialmente alrededor del asa y en los cuadritos tallados del cristal. Pero, evidentemente, no vas a ir al jefe del local y decirle que tu taza está sucia (para empezar porque no habla tu idioma). Así que sonríes y sigues la charla con tus amigos indios, que te preguntan cosas sobre Europa, y les relatas la vida allí como si de un cuento se tratase, porque es imposible que entiendan lo que les estás contando hasta que lo vean con sus propios ojos, al igual que yo, jamás me hubiese creído que tomar el té así es posible.

Pero lo cierto es que el té aquí sabe mejor que en ningún sitio, cuesta la diezmilésima parte que en el Ritz y cada tarde, los 20 últimos minutos de clase, sólo piensas en salir y correr a aquel antro de mala muerte.

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2 comentarios to “From the Ritz to the rubble”

  1. reyes Says:

    Brillante este post, sabias que la inteligencia ahora se define como la capacidad de adaptación a los cambios?
    Pues ya está todo dicho,además como ves es muy bueno tener diferentes experiencias de todos los tipos para poder comparar , valorar y evaluar con mas datos, y eso os lo hemos enseñado desde pequeñas.
    Por cierto ! que buena tarde aquella de Tiziano y Traditional English Tea,y como nos reimos! besos

  2. AMALIA Says:

    Como bien dice tu madre, “ya está todo dicho”.
    A mi tb me ha encantado este post. Eres capaz de describir esa tarde de té en la India de una forma que, a pesar de esas incomodiades que cuentas, lo haces tan apetecible como el que tomaste en el Ritz….. Felicidades sara!

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